Santiasco, maldita ciudad.
Cuando llegué a esta maldita ciudad ha estudiar, no esperé que me agradara. De hecho la odiaba.
Odiaba el smog, odiaba los lanzas, odiaba sus 38 grados a la sombra, los vendedores con precios exhorbitantes, los supermercados gigantes, odiaba el transantiago y el metro colapsado... odio su gente que nunca se mira, que lo único que hace es ignorarse como si no convivieran en una comunidad...
Y sin embargo, te conocí.
Y me mostraste ese puente cerca del Metro Santa Ana, un día de otoño, viendo los autos pasando como luciérnadas a gran velocidad.
Y me mostraste los columpios de Parque Forestal, sintiendo bosquejos de niñez en mi turbia soledad.
Y me mostrate los tajamares del Río Mapocho, con tu voz ronca de fría gravedad.
Y me mostraste iglesias, plazas, cafés literiarios, gynkos, plátanos orientales y las casas-castillo de Ñuñoa...
Maldición. Me está gustanto esta hermosa maldita ciudad.
Odiaba el smog, odiaba los lanzas, odiaba sus 38 grados a la sombra, los vendedores con precios exhorbitantes, los supermercados gigantes, odiaba el transantiago y el metro colapsado... odio su gente que nunca se mira, que lo único que hace es ignorarse como si no convivieran en una comunidad...
Y sin embargo, te conocí.
Y me mostraste ese puente cerca del Metro Santa Ana, un día de otoño, viendo los autos pasando como luciérnadas a gran velocidad.
Y me mostraste los columpios de Parque Forestal, sintiendo bosquejos de niñez en mi turbia soledad.
Y me mostrate los tajamares del Río Mapocho, con tu voz ronca de fría gravedad.
Y me mostraste iglesias, plazas, cafés literiarios, gynkos, plátanos orientales y las casas-castillo de Ñuñoa...
Maldición. Me está gustanto esta hermosa maldita ciudad.
